Desde que tengo memoria, las fotografías han sido una constante en mi vida. En la casa de mis abuelos había una vieja cámara analógica que solo se usaba en ocasiones especiales. Cada fotografía parecía tener un peso, una importancia que no entendía del todo cuando era niño. Las imágenes capturadas eran cuidadosamente seleccionadas y, una vez reveladas, pasaban a formar parte de un álbum familiar, ese objeto que hoy guarda más historia de lo que en su momento pude imaginar.
La fotografía comenzó mucho antes de esos recuerdos personales. A principios del siglo XIX, un hombre llamado Nicéphore Niépce logró capturar la primera imagen permanente. El proceso era lento y los resultados borrosos, pero había algo en esa idea de detener el tiempo que me resulta fascinante. A partir de ese momento, la fotografía no solo se convirtió en una herramienta técnica, sino en una forma de expresión y, quizás lo más interesante, en un testigo silencioso de la historia.

A lo largo del tiempo, la cámara se ha transformado, pasando de los voluminosos equipos de antaño a dispositivos que caben en un bolsillo. En ese viaje tecnológico, las fotografías han cambiado, tanto en su forma como en su significado. Lo que antes era una tarea laboriosa, que implicaba el revelado de rollos y la espera para ver el resultado, se ha vuelto inmediato. La cantidad de imágenes que tomamos ha aumentado de manera exponencial, pero me pregunto si esa rapidez nos ha hecho perder algo en el camino.
Siempre me ha intrigado la capacidad de una imagen para capturar no solo lo que se ve, sino también lo que no se muestra. Una foto puede hablar de momentos fugaces, de emociones escondidas. A través de la historia, la fotografía ha sido testigo de eventos cruciales, ha documentado la vida cotidiana y ha dado voz a quienes no la tenían. Puedo pensar en las imágenes tomadas durante conflictos bélicos, en retratos de personas comunes que, de algún modo, se vuelven extraordinarios a través del lente de un fotógrafo.
Con el tiempo, empecé a experimentar por mí mismo lo que significa capturar un instante. Las cámaras digitales me ofrecieron la libertad de experimentar sin la presión de limitarme a unas pocas tomas, pero algo en ese proceso me hizo reflexionar sobre cómo la fotografía ha cambiado nuestra relación con el tiempo y con la memoria. Aunque pueda tomar cientos de fotos en un solo día, sigo buscando esa única imagen que, de alguna manera, condense una experiencia entera.
En mis exploraciones, me di cuenta de que la fotografía no solo se trata de lo que se captura, sino también de lo que se deja fuera. Cada encuadre es una decisión, un corte del mundo, una mirada personal que cuenta una historia propia. He llegado a valorar esa parte de la fotografía, no solo por lo que muestra, sino por lo que sugiere, lo que insinúa.
A medida que continúo tomando fotos, sigo fascinado por esa mezcla de técnica y emoción. No es solo el equipo o las habilidades, sino la intención detrás de cada clic, ese deseo de congelar un fragmento de vida que puede parecer insignificante en el momento, pero que quizás con el tiempo cobre un significado inesperado. La historia de la fotografía sigue escribiéndose, y cada imagen que tomamos forma parte de esa narrativa visual que, de alguna manera, nos conecta a todos.
