Tres factores interdependientes: tiempo, diafragma y sensibilidad de la película

Hoy día existen cámaras fotográficas muy perfeccionadas, pero la formación de la imagen en la película por lo menos hasta que no se generalicen las cámaras de grabación magnética, que ya han aparecido en el mercado es siempre igual, debido a un proceso fotoquímico.

La emulsión de la película es el elemento fotosensible sobre el que se forma la imagen cuando el objetivo le envía los rayos luminosos que lo atraviesan, procedentes de la escena que comprende su ángulo de campo. Hasta aquí todo sucede, con todos los avances que se quiera, como en una antigua cámara oscura. Pero la película tiene que recibir una cantidad de luz muy medida, de acuerdo con su sensibilidad, es decir, su capacidad para impresionarse más o menos deprisa. Si hay demasiada luz la fotografía resultante estará sobreexpuesta, con una imagen demasiado clara que suele quedar muy desdibujada, y zonas «agujereadas», como se suele decir. En cambio, si la luz es insuficiente, la fotografía está subexpuesta, con zonas más o menos amplias ilegibles, por ser demasiado oscuras. Si la sobreexposición y la sobreexposición son muy acentuadas la imagen estará respectivamente quemada o sin exposición.

Así pues, resulta esencial que la película esté correctamente expuesta. Las cámaras modernas tienen tres mecanismos para este fin: el diafragma, el obturador y el exposímetro.

El exposímetro, que se tiene que ajustar para la sensibilidad de la película utilizada, mide la luminosidad de lo que está encuadrado y regula automáticamente la exposición, o bien proporciona al fotógrafo los datos necesarios para la regulación manual.

El diafragma y el obturador son dispositivos para dosificar la luz; el primero afecta a la intensidad de la luz, regulando la cantidad de ésta que entra en la cámara, y el segundo a la duración de la exposición. El diafragma está situado entre las lentes del objetivo. Cuando este último es de cierta calidad, el diafragma es «iris», llamado así por analogía con el iris de nuestro ojo, cuyo orificio central, la pupila, se abre o cierra de acuerdo con la luminosidad. Este tipo de diafragma consta de una serie de laminillas (por lo general seis), que delimitan la abertura central y varían su tamaño al deslizarse en uno u otro sentido. Cuanto más se estrecha la abertura, menos luz llega a la película. El obturador es una barrera situada entre la luz y la película. Al abrirse esta barrera durante un tiempo determinado, la película se impresiona. El tiempo de apertura regula, lo mismo que el diafragma, la cantidad de luz que llega a la película.

Hay dos tipos principales de obturadores: central (que suele estar dentro del objetivo y, al igual que el diafragma, consta de unas laminillas que pueden abrirse y cerrarse) y de cortina. Los obturadores de cortina, que son los que suelen llevar las réflex, están colocados lo más cerca posible de la película (se dice que están en el plano focal) y constan de laminillas metálicas móviles o «cortinas» de material sintético. Con este tipo de obturadores la exposición tiene lugar al desplazarse las dos partes que forman la cortina, y depende del retraso con que la segunda de ellas se mueve con respecto a la primera, dejando una hendidura por la que pasa la luz. El desplazamiento puede ser de dos tipos, horizontal o vertical. Con obturadores de cortina de láminas de titanio se alcanzan hoy velocidades de exposición de 1/8000 de segundo.

Es evidente que el tiempo de exposición, la abertura del diafragma y la sensibilidad de la película son interdependientes. Vamos a repetir aquí un ejemplo clásico, que ilustra con toda claridad esa interdependencia con una comparación.

Supongamos que la película es un recipiente que se tiene que llenar con una cantidad determinada de agua (en realidad se trata de luz). Si el recipiente es pequeño, necesitará poca agua para llenarse, pero si es grande la cantidad de agua será mayor. Del mismo modo, una película de alta sensibilidad puede impresionar con poca luz, pero una película de baja sensibilidad requiere mayor cantidad de luz. Imaginemos ahora que el recipiente tenga un tamaño dado, que corresponde a la sensibilidad de un tipo de película, y pongámoslo bajo el grifo, regulando el flujo de agua, justo lo que hace el diafragma con el flujo de luz. Cuanto más abramos el grifo, más deprisa se llenará el recipiente, y cuanto más reduzcamos el flujo de agua, lo hará más despacio.

Parece una perogrullada, pero por lo menos ha quedado clara la relación que hay en fotografía entre el tiempo de exposición y la abertura del diafragma (por tiempo diafragma). Resumiendo, a igualdad de condiciones de luz, con diafragmas estrechos hay que dar más tiempo de exposición, y con diafragmas anchos menos tiempo.