Tanto el astrónomo aficionado como el simple aficionado a la fotografía astronómica no pueden prescindir del conocimiento de lo que se denomina movimiento aparente de la esfera celeste; sin ello, no sabrían localizar en su horizonte los objetos que desean observar o fotografiar.
Sin embargo, muy mal empleados resultarían sus esfuerzos si no tuvieran, además, una idea —aunque remota— acerca de la naturaleza de lo que van a fotografiar, de su estructura y distribución en el espacio. En pocas palabras, si no se hubieran forjado de antemano una visión de conjunto del Universo y de sus elementos constitutivos.
No corresponde al carácter ni a la finalidad de este manual encarar temas de tal naturaleza; para ello existen los textos de cosmografía y las obras de astronomía moderna y astrofísica. Solamente incumbe recordar, para el nexo de esta exposición, algunos principios fundamentales relativos a los distintos aspectos que la esfera celeste presenta para los observadores situados en diferentes puntos de la Tierra: su rotación aparente y las coordenadas ecuatoriales.
Empero, al encarar el tema, surge una reflexión: ¿se orienta así al aficionado hacia una interpretación verosímil del Universo? No. Esa esfera celeste en la que la imaginación ha ido trazando, con el auxilio del geómetra, del geodesta y del astrónomo, una tupida red de coordenadas, no existe en realidad, como tampoco existen esas coordenadas salvo en los retículos y en los círculos graduados de los instrumentos astronómicos.
¿Qué es el Universo? Podría definirse como un conjunto de galaxias diseminadas en el espacio sin fin. ¿Qué son las galaxias? Gigantescos conglomerados aislados e independientes de materia cósmica, en los que predominan las estrellas. ¿Y qué son las estrellas? Otros tantos soles de distinta temperatura y características particulares.

El astrónomo, que siempre conserva algo de soñador, persiste en distinguir agrupaciones aparentes de estrellas que denomina “constelaciones”. A través de una atmósfera transparente y sin Luna, se distingue la Vía Láctea como un inmenso anillo luminoso en la esfera celeste, en el que los antiguos imaginaron un camino salpicado de cándida leche, surgida del seno de Juno cuando amamantaba a Hércules y Mercurio.
Esa Vía Láctea no es sino el conglomerado de materia cósmica al cual pertenece el Sol (y por ende, la Tierra), si se le atribuye una estructura análoga a la de aquellos objetos que, por su extraordinaria lejanía, aparecen bajo el aspecto de nébulas, no obstante su constitución estelar revelada por la fotografía aplicada a los grandes instrumentos de observación. Por analogía, los astrónomos resolvieron llamar galaxias a esos lejanos sistemas estelares, dado que el nuestro ya se denominaba Vía Láctea.
Los astrónomos fueron descubriendo en las galaxias más próximas los mismos elementos presentes en la Vía Láctea. El diámetro de nuestra galaxia se calcula en unos cien mil años luz. Cerca de sus bordes, pero aisladas e independientes, se encuentran dos pequeñas galaxias de forma irregular que, por su relativa proximidad, se han estudiado en detalle.
