La cámara fotográfica
Antiguamente, los que usaban una cámara fotográfica tenían que conocerla bien para poder hacer fotografías, pues se regulaba a mano y había que tener cierta habilidad para conseguir resultados aceptables. Los que se aficionan a la fotografía solían poner un gran empeño personal en ello, que por lo general iba más allá del hecho meramente técnico de aprender el uso de un instrumento. Hoy, en cambio, cualquiera puede hacer fotos sin tener una preparación especial, después de echar un rápido vistazo al manual de instrucciones, pues con las cámaras modernas la toma fotográfica resulta sumamente fácil.
Parece, pues, que el fotógrafo ya no tiene casi nada que hacer, lo que puede ser cierto si nos conformamos con obtener imágenes sin un estilo personal, o incluso vulgares. Pero se puede hacer algo, o mucho, si se desea obtener imágenes interesantes, que expresen la personalidad de quien las ha realizado, que sean bellas no sólo porque lo es el sujeto en sí, sino también por el modo, el gusto, la sensibilidad estética con que se ha sabido captar. Sin duda, el automatismo de las cámaras puede inducir a la pereza, a conformarse con lo que se obtiene sin esfuerzo, sin profundizar; pero también es cierto que el fotógrafo, al verse liberado de problemas como el cálculo de la exposición y los ajustes correspondientes, puede centrar su atención en el sujeto para encuadrarlo bien y captarlo en el momento adecuado, de modo que el automatismo facilita la vertiente creativa y estética. Sólo en situaciones especiales la lectura de la luminosidad, realizada por el exposímetro, necesita ser valorada para corregir, si es necesario, los datos expo simétricos. Pero ya hablaremos de ello cuando nos refiramos a las máquinas fotográficas que, siendo automáticas, permiten realizar esa corrección.
Formación de la imagen
La imagen aparece en la película tanto por un fenómeno óptico como por un proceso fotoquímico. Este último afecta a la emulsión de las películas, y aquí no hablaremos de él. El primero, en cambio, en su manifestación más simple, es un fenómeno luminoso natural que ha existido siempre. Los objetos reflejan la luz que llega hasta ellos, por lo que, al igual que las fuentes de luz, tienen luminosidad (aunque no propia).Imaginemos que nos encontramos en un garaje oscuro con la puerta cerrada, que en ésta haya un agujerito y que en el exterior la luminosidad sea considerable. Podemos imaginar que el exterior está formado por infinitos puntos, de los cuales se desprenden rayos luminosos en todas direcciones. El agujero es muy pequeño y está enfrente de una pared blanca; los rayos que confluyen en él, propagándose en línea recta, van a parar a la pared en puntos determinados, y todos juntos forman la imagen invertida de lo que hay en el exterior. Se trata de un ejemplo práctico de lo que es la cámara oscura.

Los pintores del siglo XVI, que conocían bien el fenómeno, adivinaron que podría ahorrarles trabajo y utilizaron cámaras portátiles, algunas de ellas gigantescas, en cuyo interior «calcaban» el paisaje que había fuera. Pero si la abertura, llamada abertura estenopeica, era demasiado grande, la proyección perdía nitidez. En cambio, si era demasiado estrecha, la luminosidad resultaba insuficiente. A alguien se le ocurrió ensancharla y completarla con una lente óptica biconvexa. Así el resultado era el mismo, pero con más luminosidad. Luego se reemplaza la lente por un sistema de lentes, para que el rendimiento óptico fuera mejor. En los siglos siguientes se hicieron varios intentos fallidos de fijar con alguna sustancia fotosensible las imágenes que se formaban en la cámara oscura. Por fin, en 1826, el francés Nicéphore Niepce logró obtener, tras una exposición de ocho horas, una imagen estable en una plancha de peltre con una capa sensible de una sustancia llamada betún de Judea. Había nacido la primera fotografía.
